Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

12 mayo, 2015

El valor de la palabra empeñada

Decir-la-verdad

Cualquiera que ha sido criado con rectitud recordará que alguna vez en su infancia o juventud algún adulto con autoridad (padre, madre, abuelos) le habrá dicho: “si ya diste tu palabra, no puedes cambiarla”, “lo prometido es deuda”, “piensa bien antes de comprometerte porque sino cumples, tu palabra no vale nada”, “si ya te ofreciste, no le puedes fallar a la gente”.

Estas enseñanzas sencillas, repetidas de generación en generación, no sólo forman el carácter de un joven sino que establecen la esencia de las relaciones interpersonales: la confianza. Desde el comercio, hasta el amor, todo esta basado en creer en la buena fe del otro. Si yo te ofrezco y tu aceptas mi oferta, entonces, aunque no exista un papel escrito nuestra voluntades libres han establecido un contrato.

Cuando se cumple la palabra siempre, esta viene acompañada de la buena reputación. Y en todos los ámbitos de la vida una persona “de palabra” no es sólo una persona respetada, es alguien con quienes puedes contratar a ojos cerrados porque su promesa de pago será honrada de cualquier forma. La esencia de los buenos negocios y la velocidad a la que se desarrollan millones de pequeñas transacciones en un mercado requieren de personas e instituciones de palabra. Los incumplidos, los que traicionan la buena fe, deben cargar con el estigma de la mala reputación, ya sea en los negocios o en otros ámbitos de la vida social.

“Con ese no se puede contar” es una frase de consenso respecto a una persona que se compromete múltiples veces y no cumple sus compromisos. ¿Qué se hace socialmente con estas personas? Pues lo que dice la frase, simplemente no juegan, no son parte del equipo, porque nadie sabe si estarán o no donde tienen que estar.

Esta larga reflexión sobre la educación, el comercio y las relaciones sociales en torno al compromiso es aplicable a la política peruana. ¿Son los políticos en general, gente de palabra? La respuesta es un rotundo no. ¿Por qué se produce este desfase entre lo que se dice y se hace? Porque para el político la verdad no es su primera prioridad. Lo primero, para un político, es ganar las elecciones a cualquier costo. Y esto implica decirle a cada elector lo que quiere escuchar en el momento en que quiere escucharlo. Es decir, mentirle.

En el Perú, un político que dice la verdad y se compromete con ella va camino al fracaso. El ejemplo mas saltante fue el de Mario Vargas Llosa en 1990. No faltó nunca a su palabra, lo cual lo honra, pero perdió las elecciones ante un Fujimori que gritaba en la pantalla de televisión “no schock”. ¿Qué fue lo primero que hizo el Presidente electo? Lo único que era posible para regresar a la sensatez económica: devaluar la moneda peruana en 400% en un día.

Podemos ir, Presidencia por Presidencia. Siempre es lo mismo. Toledo diciendo que no privatizaría Egasa y Egesur y soportando un “Arequipazo” que le costo toda su popularidad de inicio, para no recordar que prometió hacerse una prueba de ADN que nunca se hizo. García, diciendo que revisaría el TLC con Estados Unidos “línea por línea” y luego soportando el Baguazo o que eliminaría los “services” para siempre.

Candidatos a la Alcaldía de Lima, como Susana Villarán, diciendo que no postularía a la relección, y así podemos seguir. La palabra en política vale poco. Pero, y aquí hay un gran pero, la culpa no es sólo del político. Es también de un electorado aún inmaduro que no adquiere plena ciudadanía y que prefiere aceptar una evidente mentira antes que una monumental pero dolorosa verdad.

Humala se encuentra hoy, como tantos ex Presidentes en el mismo problema. “Agua, si, oro no” lo persigue hasta hoy. Sus promesas en Cocachacra respecto a Tía María (acompañado de la Presidenta del Congreso, Ana María Solórzano, candidata por Arequipa en la campaña del 2011) lo atan a una palabra que empeño mal, sólo para darle el gusto a la turba y conseguir votos. Hoy esas imágenes lo persiguen, aún cuando él quiera darles el contexto de un EIA muy diferente al aprobado hoy.

Hacer Política, así, con mayúscula es otra cosa. Es hacer docencia política (explicar, debatir, persuadir, convencer) sobre la base de lo que es mejor para el país, dentro de la propia y auténtica convicción fuera de toda subordinación a interés ajeno. Esos políticos (los han habido muchos en el siglo xx), han perdido muchas elecciones, pero su presencia en el debate de las ideas jamás ha perdido vigencia. ¿Qué son Victor Raúl Haya de la Torre, Luis Bedoya Reyes o el propio Mario Vargas Llosa? ¿Ganadores de elecciones o hombres que trascendieron a su tiempo por sacrificar votos a cambio de hacer docencia política?

Lamentablemente, esos políticos están desapareciendo porque los partidos que sustentaban en ideas están también desapareciendo. La culpa es nuestra. Para que esos políticos, con palabra que valga, existan en el poder o en el escenario público se necesita un pueblo que los conozca y legitime. Se premie a quien dice la verdad y se castigue a quien se aparta de ella.

Verdades impopulares, verdades dolorosas, verdades basadas en hechos comprobables y en sacrificios que rendirán sus frutos. El Perú tiene hambre y sed de políticos que digan la verdad. Ya es hora de cambiar el paradigma del político que miente y es premiado con un cargo público.

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