Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

26 febrero, 2016

Febrero Loco

Amanece el país con las principales vías de conexión con los Andes bloqueadas por lluvias y huaicos. En esta época del año, no es novedad que esto ocurra, aunque si lo es, en mayor medida, la intensidad y la emergencia simultánea en un verano que deja sentir su intensa calentura en la costa peruana.

Niño débil, moderado o fuerte, pero niño al fin y al cabo, los soponcios y las aguas desbocadas están entreveradas con un proceso electoral cada día más chiflado. Hace unos días presenté la novela política de Gustavo Rodriguez, “La República de Papaya” (Planeta, 2016) en donde la protagonista central afirma que las elecciones son “un espacio de locura que nos permitimos cada cinco años”. No podría estar más de acuerdo. Personas habitualmente sosegadas y hasta desinteresadas en la cosa pública de pronto son un huracán de pasión, lanzando juicios fulminantes sobre personas con las que nunca han hablado – ni hablaran – en su vida. ¿Será el calor? No lo creo. Esta es mi quinta campaña electoral nacional, como periodista, y en cierto punto, todas se ponen así. Es inevitable.

Sin embargo, cada una tiene características particulares para el análisis. Para algunos observadores este es el fin de un ciclo que empezó en 1990 cuando Fujimori le declaró la guerra a los partidos políticos tradicionales, los que regresaron con la transición pero que languidecen hoy, tal vez – no  se sabe aún -hasta su agonía total. La muerte de unos partidos tiene que traer necesariamente otras formaciones políticas. La democracia se organiza en partidos y no hay otra forma conocida de hacerlo, pero, tal vez – es incierto aún-  la muerte de unos y el nacimiento de otros sea la aurora de una democracia moderna, sí, y sólo sí,  las reformas institucionales tanto electorales, como la de los tres poderes del Estado, se ejecutan y a fondo. Ahí hay una esperanza y un cierto optimismo a futuro. Si no es así mantendremos un esquema de independientes, más que de organizaciones políticas.

Mientras tanto, tenemos el circo nuestro de cada día. La vana esperanza de García, PPK y Acuña – tal vez de Mendoza y Barnechea – es liquidar en mesa a Guzman para ser, cualquiera de ellos, el segundo ansiado puesto. No les será fácil.  Acuña ha sido un factor muy importante en esta campaña para distinguir lo que ésta bien de lo que ésta mal. Me explicó. La aparición nacional de Acuña y sus sonados plagios – inexcusables para quien presta un servicio educativo – han sido determinantes para su caída en las encuestas y para que candidatos como Barnecehea brillen sólo por contraste.  Muchos creyeron, – yo no – que al pueblo le sería irrelevante que un candidato presidencial plagie su tesis o el libro completo de otro académico. Pues no. Como escribí hace unas semanas, hoy por hoy, si hay una cosa que une a todos los padres del Perú  – desde el más pobre hasta el más rico – es el ferviente deseo de una buena educación para sus hijos que les garantice prosperidad. Acuña se atrevió a manosear ese sueño, reemplazándolo por una farsa educativa. Eso, no se perdona. Ahí están los números y sus consecuencias, como la renuncia de Lay, por ejemplo.

Acuña ha sido ejemplo, pues, de lo que no se debe hacer. Adicionalmente ha violado la reformada Ley de Partidos Políticos, objetivamente, al regalar dinero en campaña. Ley que, un alumno de derecho que ha llevado la lección de la “aplicación de la ley en tiempo” sabe que se aplica a su caso, porque sus regalos son posteriores al 17 de enero, fecha de la expedición de la ley. Si hay pues un tramposo, un criollazo – en el peor sentido del término – ese es Acuña. Ese no es Guzmán. Acuña le ganó el título y convertir a Guzman en Acuña, como pretende García o PPK será improbable a 43 días de las elecciones.

Improbable pero no imposible, es lo que se piensa en los comandos de campaña. Sacar a Guzman de carrera y lograr que sus votos no vayan a Keiko, y la hagan ganar en primer vuelta, es el objetivo.

Veremos pues en las próximas semanas, el despliegue de una guerra en todos los frentes. Aparecerán tachas y “tachadores” insólitos. Veremos desde legiones de trolls en las redes sociales, insultando fuerte y creando historias contra Guzman (las más populares: sionista, humalista y mantenido de la familia Belmont), y a voceros, analistas, columnistas y hasta los propios candidatos cuestionado su sola presencia en la campaña. Es decir, que el JEE Lima y el JNE nunca lo debieron dejar competir, que su participación es tramposa porque no cumplió los requisitos de ley y que es – una y otra vez las chapas de García, “Guzmala” – el candidato del gobierno, aunque el gobierno tenga un candidato al que le va pésimo. El problema, lo he dicho antes, es que Guzman ya le lleva más de 10 puntos al siguiente y que las tretas de García y sus apodos ya están muy vistos para ser creíbles.

Si los 17 partidos y alianzas que quedan en contienda quieren conservar su inscripción para las elecciones regionales y municipales deben considerar hoy si pasaran o no la valla electoral de 5% de los votos parlamentarios. Aunque no necesariamente idénticos, el voto presidencial arrastra al parlamentario. Viene la hora de serias definiciones para, por lo menos, 10 agrupaciones políticas, que pueden morir el 10 de abril o replegarse para continuar su agonía en el siguiente proceso electoral.  Veremos el inevitable retiro de candidaturas y listas parlamentarias en los próximos días, salvo que todos tengan una súbita y colectiva vocación suicida.

Si alguna guerra limpia existe, esa es la de las ideas. Pero esa no la vamos a ver en estos días. Ojala se de en la segunda vuelta. Guzman debe quedarse en la campaña porque las acusaciones en su contra respecto a irregularidades en su inscripción son  falaces, dado que han sido subsanadas. Que su eliminación le caiga de perillas a sus contenderos es otra cosa. El  verdadero problema con Guzman, es el campo de las ideas y no en el de los agravios y tretas en mesa. Guzman puede ser un tremendo salto al vació. Desear lo nuevo implica riesgos que pueden ser imposibles de prevenir. Lo nuevo es siempre desconocido y puede ser peligroso.

Pero muchas veces lo conocido es tan desalentador, tan frustrante, tan inmoral, que se prefiere la locura de votar por un perfecto desconocido aunque no sepamos donde nos llevará. Los pueblos hacen eso cuando protestan, cuando están hartos, cuando los “experimentados” solo han hecho abuso del poder y ya no pueden distinguir el bien del mal. Por eso los candidatos perdedores no quieren “creer” en las encuestas y no entienden el repudio. Ahí hay un mensaje que no se quiere escuchar.

No, no estamos todos locos. Al final, el voto es un acto racional.

 

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