Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

21 mayo, 2023

Todo es gracia

Ser periodista es el mejor trabajo del mundo. No me quejo. Puedes conocer muchos mundos, sin salir del tuyo. Atisbar lo mejor y lo peor de los seres humanos. Entrar a profundidades secretas. Ver la gloria y la caída. Procurar hacer el bien, cosa que algunas veces puede ser un éxito y en muchas otras un notorio fracaso. No siempre los buenos ganan y los malos la pagan. La vida no es lo que debe ser. Nunca lo fue. Tratamos (yo y otros buenos colegas) todos los días de mantener la injusticia a raya, de darle voz a los invisibles, de ofrecer no uno sino muchos ángulos de un mismo problema. A veces, anticipamos desenlaces o garabateamos soluciones. A veces, funcionan.

Tuve la suerte de entrar al periodismo a los 35 años. Para esta profesión, viejísima. Venía de otra carrera. El derecho (y las humanidades de base) ha sido una herramienta poderosísima para diferenciar mi trabajo. Admiro a los que cubren política sin estas muletas. Sin ellas yo estaría perdida. Decía que tenía la suerte de haber entrado muy tarde en la vida a esa antigua cabina de RPP en la Avenida Cuba, y unos meses antes a reemplazar (yo creía que sólo por dos semanas) a Pedro Salinas.  Aprendí rápido y a costa de mil errores porque me rodearon los mejores. Algún talento tenía porque me fue bien, muy rápido. Pero a los 35, tus cables a tierra son sólidos. Si eso me hubiera pasado a los 18, otra hubiera sido la historia.

Recuerdo mi capacidad para ser indiferente a la presión política (que la hubo, pero esa es otra historia) pero no recuerdo en esos primeros años muchos insultos. No había redes sociales. En el 2004, cuando tenía programa propio en América TV, los ataques crecieron. Llegaban por correo electrónico al programa. Tenía un file de manila que decía “amenazas”. Las imprimía y las dejaba ahí, porque siempre he creído que perro que ladra no muerde. El 2010 y el 2011 (hasta que me botaron) las cosas se pusieron un poco feas y Laura Puertas insistió en que tuviera guardaespaldas. No me dejó espacio para negarme.

Twitter entró a mi vida el 2010. Para estándares de notoriedad, ha sido un éxito. Ya pase de los tres millones setecientos mil seguidores. Pero, para estándares de sanidad mental, el manicomio más tóxico. Mientras tanto, he pasado por muchos medios y aventuras periodísticas. Me botaron de RPP, de ATV (por razones políticas como en América) y hasta de Exitosa (por tener la osadía de reclamar que se pague puntualmente). Escribí para varios periódicos y estoy aquí, en esta página, desde el 2015. En el programa Sin Guion desde el 2017 y en Radio Santa Rosa desde el verano del 2016. Hoy por hoy, todo es multiplataforma, así que el contenido se multiplica. Trabajas más, con equipos muy pequeños. Pero de eso, tampoco me quejo.

He visto, en los últimos años, desmoronarse emocionalmente a colegas, hombres y mujeres, talentosos y queridos. Sometidos a una toxicidad sin límites en redes sociales. Terapias, psiquiatras, pastillas. La presión puede ser brutal. Corrección: es brutal. No es humana. Me pasaron una nube de palabras de ataques contra mí y otras colegas mujeres. El ataque al cuerpo es la especialidad de la cloaca. 50 fulanos te organizan un ataque anónimo por meses. Los apuntalan sus patrocinadores que suelen ser políticos venidos a menos con negocios riesgosos y algunos alquilados con firma, que no fallan. Uno que otro confundido y un par por ahí desesperados por ser mi colgajo como si ser aspirante a enemigo, hace que alguien los mire.

¿No te cansas? ¿No te hartas?, me preguntan. ¿Cómo haces? La verdad, esto funciona como con mi viejo file de amenazas. Son fantasmas. Anónimos troles de granja. No les concedo ni forma humana. Bloqueo en masa y ya está. Pero cuando escala, como cuando te visita las pestilencia física y virtual, cosa que sucede cuando tienes que poner tu nombre al lado de defender la vida, la verdad, la democracia, la libertad o cualquier manifestación del bien común y te topas con los intereses particulares de la peste política que sufrimos, ¿saben que siento? Me sube como un orgullo feliz que va desde los pies a la cabeza. Me siento realmente bien con esos maravillosos insultos, esas benditas diatribas que me hacen volar por encima de Lima. Con la autoestima al tope, me río mucho. Agradezco a Dios por el horrendo temor que causo en un conjunto de imbéciles por decir la verdad y me reafirmo: Ser periodista es el mejor trabajo del mundo. Me ha hecho inmune al odio ajeno. Ese es mi super poder. Hasta eso lo agradezco.

Columna publicada el domingo 14 de mayo del año 2023 en el diario La República

 

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