Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

8 diciembre, 2020

Jugando con fuego

 

La democracia no es perfecta, pero hasta que no se invente otra forma de gobierno, es la mejor que existe. Para que funcione, con todas sus imperfecciones, se necesitan reglas de juego claras y el consenso para cumplirlas. A veces, faltan las dos variables, a veces una de ellas. Las democracias débiles terminan de caer por el poco afecto que tenemos para concordar en ciertas reglas y mantener su respeto en el tiempo.

El acuerdo de todas las reglas democráticas se llama Constitución. Si vas a jugar el juego político ese es tu manual básico. No el único, pero si el fundamental. Político que no conoce la Constitución es como un jugador de futbol que entra al campo sin conocer las reglas del campeonato. Lamentablemente, la calidad de la política peruana anda tan degradada que hoy sólo un minúsculo grupo conoce cuáles son esas reglas elementales. La mayoría no respeta la Constitución porque ni siquiera la ha leído o, lo que es peor, quiere cambiarla si saber lo que esta dice.

La segunda moción de vacancia, en menos de dos meses, contra el presidente Vizcarra devela, otra vez, la orfandad constitucional del Congreso. Las reglas son simples: la presidencia no puede ser revocada, censurada o interpelada durante su mandato. No hay “juicio político” a quien ejerza la presidencia. ¿Esa es la regla en todas las democracias? No. La democracia admite sistemas parlamentarios y sistemas presidenciales. El Perú tiene una combinación, imperfecta, de ambos regímenes. Nuestro sistema, en que el jefe de Estado es jefe de gobierno, traslada la responsabilidad política al presidente del Consejo de Ministros y a los ministros que lo integran. Nunca al presidente. ¿Por qué? Porque se protege la estabilidad democrática. La institución presidencial no puede estar sujeta al vaivén de la correlación de fuerzas en el parlamento, que es variable en el tiempo.

Sin embargo, con absoluta ignorancia constitucional, hemos escuchado a congresistas exigir que el presidente “venga a dar cuentas” como si de una interpelación de tratará, o ligerezas como “decidiremos después de escucharlo” como se hacía en los ajusticiamientos llamados “juicios populares” que perpetraba Sendero Luminoso o el MRTA. Un aspirante a colaborador eficaz no es ni testigo en un proceso. Ningún juez le ha dado tal calificación. Los procesos contra Vizcarra, en su calidad de gobernador de Moquegua, ni siquiera están en investigación preparatoria.  Los plazos para procesarlo, juzgarlo y condenarlo, de ser el caso, no están comprometidos. Por el contrario. Sólo por poner un ejemplo, el renunciante presidente Kucsynski espera alguna acusación fiscal desde marzo del 2018. Hasta ahora, sigue preso en su casa, ¿y la acusación? Los fiscales Lava Jato andan más interesados en arrancharse expedientes con cobertura mediática que llevar a algún político a juicio oral.

Bajo una aparente plataforma de “lucha contra la corrupción” se esconde un conjunto de sentenciados y acusados penalmente, unidos a un sinfín de investigados por graves delitos. Una confluencia de interesados en hacerse del poder con las peores mañas posibles. Desde el condenado Antauro Humala buscando su indulto, pasando por el acusado Alarcón hasta el actual presidente del Congreso que sólo aspira a ser presidente de la República, aunque sea por un día. Sumen a radicales de izquierda y radicales de derecha, que siempre desprecian la democracia y los encontraran a todos unidos en este grupo.

Se necesitan 87 votos para vacar al presidente. Probablemente no los hay. Pero lo que ha hecho este conjunto de irresponsables es banalizar instituciones creadas para otros fines, con el sólo propósito de destruir lo poco de democracia que nos queda. Tuvieron, igual que el Congreso disuelto, todas las oportunidades para hacer una gran reforma constitucional para mejorar las imperfecciones de nuestra organización política. Perdieron el tiempo, otra vez, en minucias y por escapar de sus propios crímenes, han hecho daño a un sistema muy débil. Desprestigiar la democracia es su última conquista.

Columna publicada el 8 de noviembre del 2020 en el diario La República

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