Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

14 octubre, 2019

Los desposeídos

Los procesos políticos traumáticos obligan a tomar posición y la toma de esta resucita un trauma mayor y poco explicado. Desde que el Presidente Vizcarra disolvió constitucionalmente el Congreso, las elites limeñas (académicas, políticas, económicas y sociales) han fijado posición.  El resultado da una apariencia de polarización (ampliada por la metodología de los medios que debe presentar a todas las partes en conflicto) en que dos grupos equivalentes se dividen en torno a la constitucionalidad y conveniencia del hecho. Pero esta aparente equivalencia no es cierta.

Dos terceras partes de los peruanos considera positiva la medida, pero no solo apuestan por su conveniencia como en 1992. Creen que esta arreglada a las reglas establecidas en la Constitución y esperan un nuevo proceso electoral inmediato. Este es un cambio significativo. No porque las mayorías tengan razón (no siempre la tienen) sino porque el espacio para la vigencia del Estado de derecho está ganando simpatías. Esta es una buena noticia para la salud de la democracia.

Sin embargo, ¿por qué la mayor oposición a la decisión presidencial está en las elites? Más allá de su súbita (hasta hoy desconocida) preocupación por la Constitución, ¿qué es lo que aterra de la decisión de Vizcarra? ¿Qué es lo que marca a un grupo social para, teniendo la cultura suficiente, acusen con miedo real, al Presidente de ser comunista, émulo de Castro y Chávez?

Conversando esta semana con Juan Carlos Tafur llegamos a la conclusión de que se trata del trauma de la “desposesión”. El dictador Velasco Alvarado lideró un gobierno socialista que, a la moda de los tiempos, pero a diferencia de los gobiernos militares de la época, expropió casi todos los medios de producción. No solo fue la redistribución de la tierra. Petróleo, minas, pesca, cemento, gas, aerolíneas, banca y por supuesto, medios de comunicación pasaron a ser propiedad del Estado directa o indirectamente en más de 200 empresas públicas cuyo patrimonio se construyó sobre la base de una expoliación por donde solo pasaba el justiprecio si eras una empresa transnacional.

Si bien las afectados fueron en términos de número, muy pocas familias, el trauma se extendió a las clases medias, hoy mucho más extensas. Este fantasma, aunque parezca increíble, ha recorrido por 50 años la política peruana, revitalizado, cada vez que se pone en juego el sistema político. El primer gobierno de García, la emergencia de Ollanta Humala el 2006 y su triunfo electoral el 2011 y hoy, el gobierno de Vizcarra, tienen poco en común, Pero las emociones no saben de razones y estos cuatro momentos tienen un hilo que los une: la amenaza de ser desposeído.

Si alguien entendió bien ese trauma fue Alberto Fujimori y, en estos días, su hija Keiko. La familia Fujimori lleva casi 30 años dividiendo con éxito a la elite peruana con una varita mágica que se agita de la misma forma en cada ocasión. Hay que reconocer que Alan García, si alguna lección política aprendió fue esa y con maestría logro que le perdonaran todo su pasado, en el año 2006, con solo convocar el trauma de la desposesión.  Y la izquierda peruana hasta hoy no entiende porque, elección tras elección, pierde.

Hora de superar el trauma y ver el embuste. Vizcarra es cualquier cosa, menos, comunista.

Columna publicada el domingo 13 de octubre del 2019 en el diario La República

 

 

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