Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

11 octubre, 2019

Autopsia de un suicidio

 

Si asumimos que todas las personas en una sociedad son sujetos racionales y que actúan por razones más o menos estructuradas, tendríamos que acordar que las consecuencias lógicas de determinados actos son previsibles para todos. Este conocimiento anticipado modela las conductas sociales porque las relaciones tienen un grado de previsibilidad que facilita la convivencia humana.

Con esta premisa, me he roto la cabeza tratando de entender la conducta de Fuerza Popular y sus aliados en el Congreso. Supongamos que un grupo buscaba librarse de las investigaciones judiciales, otros medrar del Estado a través de la Comisión de Presupuesto, otras exaltar a su líder y, los menos, tal vez, tener un buen ingreso asegurado. Razones diversas; buenas o malas, pero razones, al fin y al cabo, que unían a un universo mayoritario de congresistas en un solo fin: evitar a como diera lugar que el Presidente hiciera uso de la facultad constitucional que le permite disolver el Congreso. ¿Cómo lograrlo? Era muy sencillo. Otorgando, con la mayor disposición, cada confianza que hiciera el Presidente del Consejo de Ministros.

Hoy es aún un misterio de la impericia política por qué le negaron la confianza al gabinete de Fernando Zavala. Si tienes una sola bala, ¿para qué gastarla en un acto de mera obstrucción en el segundo año de gobierno? Pero lo que escapa a toda lógica es lo que sucedió el lunes 30 de setiembre. ¿Soberbia colectiva? ¿Mala conducción del debate? ¿Ignorancia de la Constitución? ¿Puede llevar la urgencia de manipular un resultado favorable al habeas corpus de Keiko Fujimori, a través de un desesperado control del Tribunal Constitucional, a perder un congreso entero? ¿Creyeron que Vizcarra era muy cobarde como para atreverse? No lo entiendo.

Conforme bajen los desorientados gritos de ¡golpe de estado! ¡es inconstitucional! algunos, más rápido que otros, van a preguntarse: ¿qué hicimos mal? Algún día sabremos en que estaban pensando al obstruir físicamente la participación de Salvador del Solar (a la que tenía derecho constitucional) en el debate; votar rehusando atender su pedido, provocando su renuncia y la crisis del gabinete y, así, habilitando al Presidente a disolver el congreso; continuar una caótica votación (con visos de falsificación de al menos un voto) para elegir miembros del TC para los que no tenían ni los votos; reaccionar tarde intentando dar una confianza que ya había sido rechazada (en hechos y en votos, que nadie se engañe); intentar vacar al Presidente sin los votos; suspenderlo fuera la Constitución para, finalmente y lindando con el delito, avalar la  juramentación espuria de Mercedes Araoz quien, a esta hora, alega haber estado confundida.

Nadie podrá acusar a Vizcarra y sus ministros de no buscar consensos. Han hecho más de lo que podría esperarse de alguien a quien se le decía una cosa (se dio la confianza dos veces) mientras se le jugaba en contra en los hechos. Pudo hacer uso de su atribución hace tiempo. Les ofreció una salida constitucional, vía reforma, para adelantar elecciones y también se rehusaron. Por eso, si algo le critico a Vizcarra no es su autoritarismo. Es su lentitud. Sus pasmos políticos. La derrota de Fuerza Popular y sus aliados no se debe a un Presidente astuto y atrevido sino a la irracional conducta de un congreso que prefirió el suicidio antes de ceder en poco menos que nada.

Columna publicada el domingo 6 de octubre del 2019 en el diario La República

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