Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

26 agosto, 2018

Ese muro existe

Entender el éxodo venezolano exige desprenderse de prejuicios y de una cuota enorme de ignorancia. No va a ser por ello fácil el debate, como no lo es, por ejemplo, entre los electores de Donald Trump en los Estados Unidos o entre los de partidos de extrema derecha europea. En eso, los xenófobos peruanos, no están solos.

Nada es más útil para un político con vocación autocrática y populista que tener un enemigo determinado por su origen.  Es un enemigo identificable y concreto. Se le puede culpar de todo y así no asumir responsabilidades internas. Lograda la unidad respecto a ese “sentido común” ejecutar políticas de horror resulta muy sencillo. No se entiende el Holocausto judío o los campos de concentración para japoneses en los Estados Unidos (a los que el Estado peruano, vergonzosamente deportó ciudadanos peruanos descendientes de japoneses) sin entender cómo se alimenta el odio cotidianamente con mentiras que se convierten en verdades universales: “son más sucios”, “son delincuentes”, “nos roban los trabajos”. ¿Creen que la humanidad no ha escuchado los mismos argumentos durante siglos? El siglo XX está plagado de gravísimas e imprescriptibles violaciones a los derechos humanos por esta causa.

No voy a abundar en estudios económicos que demuestran que la migración no empobrece a un país. Están a disposición para quien quiera informarse. La economía no es una torta que siempre tiene el mismo tamaño y de la que, solo comeremos una raja más pequeña mientras más seamos. Todo lo contrario. La economía es una torta que crece a mayor ritmo que el crecimiento de los comensales si el mercado es libre y la productividad aumenta. ¿Y que hace que aumente la productividad? La mano de obra educada. ¿Qué llega hoy de Venezuela? En un 70%, mano de obra con carrera concluida. Es decir, el tipo de migración que todo país promueve.

Sin embargo, estas verdades evidentes y racionales no son fáciles de explicar y mucho menos de entender. Las redes sociales peruanas – ese vertedero de basura popular – han estado muy activas difundiendo desde abiertas mentiras hasta la promoción de la violencia. Se han sumado políticos como Ricardo Belmont en campaña para Lima o Keiko Fujimori quién no recuerda las injusticias que sufrieron sus antepasados.

El discurso de odio vende porque apela a un sentimiento muy extendido: el miedo a lo que no conoces. El conocimiento requiere de un esfuerzo intelectual que demanda destruir las creencias más arraigadas. El proceso de entender que se vive o se vivió en el error o la indiferencia suele ser muy doloroso. La mayoría de personas no quieren pasar por esto y se aferran a lo que es más fácil de aceptar: la culpa de todo la tiene el otro y, por tanto, hay que destruirlo. ¿No ha vivido eso el migrante interno del campo a la ciudad o el de la sierra a la costa?

Sin embargo, este discurso se camufla. Nadie se va a reconocer xenófobo. Es una palabra tan fea como machista o homofóbico.  Por ello inventamos coartadas como “yo solo pido que haya orden”. La palabra “orden” implica requisitos de imposible cumplimiento para que no se note que el muro se está levantado. Pero no es más que un eufemismo. Tomemos por ejemplo la exigencia de pasaporte que se demanda en la frontera con Ecuador desde ayer. ¿Qué controla? Casi nada. Un delincuente puede tener pasaporte.  Hoy un pasaporte en el mercado negro – no hay forma de obtenerlo sin pasar por las arcas de la corrupción – cuesta entre 1000 y 2000 dólares en Caracas. La remuneración promedio nacional es de 35 dólares al mes. Ante esta barrera y el hambre que aprieta ¿no van a pasar los venezolanos a pie por cientos de puntos sin control? ¿Ese el “orden” que trae la exigencia del pasaporte?

La Cancillería peruana ha anunciado que los niños, ancianos y mujeres embarazadas podrán pasar sin pasaporte e incluso se aceptarán pasaportes vencidos. Pero el muro sigue ahí. Urge revisar en la próxima cita de Cancilleres de la región el concepto de “refugiado” que es hoy casi negado y dar una solución compartida a la peor crisis humanitaria que le ha tocado vivir a América del Sur.

Columna publicada el domingo 26 de agosto del 2018 en el diario La República

 

 

 

 

 

 

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