Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

30 julio, 2018

A propósito de «La llamada de la tribu»

La Cátedra Vargas Llosa me invitó a la FIL para presentar la última publicación de Mario Vargas Llosa, «La llamada de la tribu». Fue un honor y a la vez un reto hacer una lectura atenta y sacar de ella algunos breves trazos para incentivar su lectura. La noche del 29 de julio, en un sala para 600 personas completamente llena fue un placer unirme para escuchar a Alonso Cueto, Pedro Cateriano y Jorge Bruce. 

Aquí, ha pedido de algunos asistentes (y de otros inasistentes) lo que dije, haciendo la salvedad que mas sabroso estuvo lo que dijeron mis compañeros de mesa.

 

«Buenas noches. Es deber empezar agradeciendo a los organizadores esta invitación. Es un honor inesperado, sobre todo por la calidad del autor y de las personas que me acompañan aquí adelante, esta noche.

El libro que comentamos hoy es una especie rara en nuestros días. No es un libro de ficción, pero tampoco es un libro de ensayo filosófico. Es, sobre todo, creo, un libro de divulgación de ideas de ciertos autores que – en la mayoría de casos – no estuvieron de moda o no fueron muy populares cuando escribieron sus textos fundamentales. Mario Vargas Llosa los rescata para un público amplio en un lenguaje que como señalaba Ortega y Gasset, tiene “la cortesía del filósofo”: es claro sin ser superficial. Tal vez este rescate paga una deuda. Al inicio del libro, Vargas Llosa nos dice que este texto es una autobiografía. Lo curioso es que se hable tan poco de él mismo, salvo en breves momentos anecdóticos. La respuesta está, sospechó, en que Vargas Llosa rescata a estos autores porque ellos lo rescataron a él, hace ya muchas décadas.

Los siete autores tienen muchas cosas en las que discrepan, pero hay un hilo conductor en su pensamiento que usa Vargas Llosa para presentarnos, en un mosaico, las bases de las ideas libertarias.

Primero, la idea de persona, como sujeto único, distinto y ajeno a la masa – a la tribu – distinguible por ser portador de unos derechos que le son reconocidos por el mero hecho de ser individuo. No es casualidad que los 7 autores hayan sido educados en la tradición judía – cristiana. De hecho 3 de los 7 son de ascendencia judía. Fueron los judíos, mucho antes de Cristo, los que inventaron para la humanidad el concepto de persona que es fundamental para entender el ejercicio de la libertad.

Segundo, la idea por la cual la persona no puede subordinarse a un futuro “paraíso en la tierra” por el que deba sacrificar el presente y justificar todo horror en nombre de esa lejana promesa. Salvo Adam Smith, todos los autores citados son hijos del siglo XX y vivieron con absoluto espanto el totalitarismo comunista y fascista, dos caras de la misma moneda. Fracasado el fascismo en la segunda guerra mundial, el comunismo gozó de buena salud hasta casi la última década del siglo XX y su influencia en el mundo intelectual y en muchos niveles de intervencionismo estatal, todavía pervive.

Tercero, el convencimiento de que no hay verdades absolutas y que el conocimiento se adquiere de forma parcial, a través del ensayo y error; y que por ello todo ejercicio de planificación centralizada del futuro es inútil, cuando no perjudicial para el progreso en cuyo nombre se han realizado tantas atrocidades. Por ello estos autores son siempre reformistas y nunca revolucionarios, aunque sin quererlo, sus ideas son revolucionarias, porque irrumpieron en un mundo que no quiso escucharlas por mucho tiempo. No es que nieguen la verdad, ni que sean un conjunto de relativistas. Por el contrario. Basan la verdad en la observación, no en el servicio a una ideología. Conscientes de las limitaciones del ser humano, saben que una verdad hoy puede encontrar una mejor solución mañana.

Cuarto, convergen en la necesidad de un Estado. Estos autores no son anárquicos, ni nihilistas, como la caricatura que desde la izquierda se les lanzó en el siglo XX en un empeño inútil. Temen al Estado, por cierto, y lo consideran un mal necesario, pero necesario, al fin y al cabo. La libertad debe estar sujeta al Estado de Derecho que no es fruto de la arbitrariedad de un soberano o un dictador: es resultado de consensos sociales, inevitables para llevar el progreso adelante.

En lo demás, difieren en muchas cosas. Algunos son pesimistas frente al futuro de la democracia, otros ven en ella la única forma de sobrevivencia de la libertad. Algunos tienen un perspectiva – un énfasis – más económico (Hayek y Popper, por ejemplo) y otros basan sus postulados en afirmar que la cultura de la libertad tiene dos caras inseparables: las libertades económicas y las libertades políticas, y que estás exigen la tolerancia de las libertades de las minorías. En muchos casos hay textos reseñados que lo son más de moral que de economía.

Vargas Llosa observa en algunos momentos de este relato que la cultura de la libertad puede ser aterradora para quienes prefieren vivir dentro de la seguridad de una tribu, donde no hay individuos y un orden establecido sustituye el derecho a escoger. En tiempos de gran inseguridad, de terrorismo, de sociedades democráticas carcomidas por la corrupción debido a la pérdida de valores morales, la tentación de sacrificar la libertad en el altar del orden se parece mucho a la necesidad del comunismo de sacrificar la libertad en el altar de la igualdad.

Tales sacrificios son siempre inútiles. Vargas Llosa persiste en demostrar que la democracia más precaria es mil veces mejor que la dictadura más amable. Porque, finalmente, no es posible que la creación humana surja ahí donde prevalece el obscurantismo, donde la novedad se condena y la censura reina.

Algunos han criticado la selección de estos 7 autores. Ya sea porque solo hay europeos o no hay mujeres (y muy pocas aparecen en el texto, la mayoría en su condición de “esposa de”). También porque la selección es corta y hubieran preferido excluir a alguno para incluir a otro. No creo que el propósito de este libro sea hacer la “Antología mundial del pensamiento liberal”. Creo que aquí hay – como lo dije al inicio – un propósito de divulgación, pero, sobre este hay un homenaje muy personal. Solo Mario Vargas Llosa puede saber cuáles lecturas lo iluminaron, cuales lo decepcionaron, cuales lo aburrieron y cuales lo deslumbraron. Nadie puede hacer ese trabajo por él.  He ahí la limitación de esta obra y, al mismo tiempo su gran mérito para los seguidores del pensamiento del autor.

Espero que la disfruten, como lo he hecho yo,

Muchas gracias».

 

 

 

 

 

 

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