Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

1 abril, 2018

¿Por qué cayó Kuczynski?

No se puede estar tan cerca de la historia si se quiere verla bien. Se necesita tiempo y reflexión para tener una mirada más amplia y menos subjetiva. Los hechos vividos, los vemos desde las esquinas en que nos tocó estar parados y éstas solo ofrecen vistas parciales. Sabiendo eso, debería esperar unos años para escribir esta columna. Pero, las notas del día a día, son un mensaje que se manda al futuro para no olvidar. Son, por ello, imprescindibles.

El Presidente Kuczynski cayó, entre otras razones, porque no entendió a sus rivales. Cómo lo dijo el profético chat de la “mototaxi” cuando censuraron a Jaime Saavedra, “no sabía con quien se estaba metiendo”. Sospecho que hasta hoy no lo sabe. Esa ignorancia arrogante y persistente hizo que su final no hiciera ni pestañar a los mercados. Al contrario, la bolsa subió y el dólar bajo. Esa rareza se explica en que su salida dejó de ser importante. Tenía un reemplazo potable y eso bastó.

Cuándo se llega al poder con una oposición aplastante las cosas pueden terminar muy mal. Lo supo Bustamante y Belaúnde en el siglo XX.  También Fujimori, que dio un golpe de Estado en 1992. ¿No conocía Kuczynski la historia política del Perú? Frivolizó el problema desde el inicio anunciando que se jalaría a los congresistas del fujimorismo que necesitase y luego pasó – por error de su Presidente del Consejo de Ministros, Fernando Zavala – a realizar toda clase de “ofrendas” políticas a una Keiko Fujimori que no quería ni verlo. La única vez que ella le ofreció una tregua fue en junio del 2017. Lo que pedía, sin decirlo, era que cortará la relación con su hermano Kenji y que no indultará a su padre. ¿Qué hizo Kuczynski? Exactamente lo contrario.

Sus muchos esqueletos en el closet y sus mentiras sistemáticas se encargaron del resto. El antifujimorismo lo abandonó y el fujimorismo lo condenó. Sólo bastó la estupidez delictiva de andar comprando votos para que desapareciera como Presidente. A esas alturas ya era prescindible.

¿Puede el Presidente Vizcarra aprender algunas lecciones de este corto drama? Varias, sino quiere terminar igual. La primera, desenterrar los esqueletos. Si tuvo problemas en Moquegua, que lo diga. Si fue aprista que lo cuente ya. Si lo de Chinchero no está claro, que lo aclare. Y si conspiró con su anunciado Ministro Cesar Villanueva, que lo cuente todo. De una vez. Villanueva tiene una grave mentira de arranque. Negó durante todo marzo, de forma “absoluta” que tuviera interés en ser ministro de Vizcarra. Todos los que seguimos de cerca el proceso sabemos que ha sido el operador de la vacancia del Presidente renunciante. Tal vez no sea un problema ético, sino uno estético. Se ve muy feo. Si no lo arregla ahora, lo va a perseguir para siempre.

Otra lección a aprender es que no puedes dar a todos de todo sólo para sobrevivir. Si Vizcarra le regala el gobierno al fujimorismo, será prescindible en poco tiempo. Hay varias señales malas. La invitación a Palacio de Gobierno al Presidente del Congreso a promulgar una ley observada por el Ejecutivo ha terminado siendo un desastre. Una cosa es marcar distancia con el antecesor y otra escupirle en la cara. La ley estaba bien observada porque, además de sus costos, exonera al Congreso del sistema de control que impone para todo el Estado. Una frescura, de aquellas.

De otro lado, se entiende que la presencia de Bruno Giuffra en el gabinete requería una salida de urgencia, pero una juramentación clandestina no tiene lugar en nuestro orden constitucional. Además, sin desmerecer a nadie, “nuevo pero usado” no es una fórmula de renovación.

Lima es una ciudad de rumores. Las listas de ministros que han circulado son falsas. Suelen serlo siempre en estos casos. Pero revelan un “sentido común” de quienes las confeccionan orientado a satisfacer al aprismo y al fujimorismo, sin que Vizcarra le dé a su gabinete personalidad propia. Si esto llega a ser verdad, puede terminar siendo un serio problema. De nuevo, si la lectura es que es tan prescindible como lo ha sido Kuzcynski, pues lo será.

Ser prescindible no implica ser, necesariamente, vacado. Implica ser ignorado por un Congreso fuerte que negocia con “sus” ministros, como Bienvenido Ramírez contaba que negociaba con “sus” alcaldes para apoderarse de “sus” obras. Un Presidente de adorno, bueno para las microondas de los matutinos y para ceremonias protocolares hasta que llegue el 2021. ¿Eso quiere ser?

Por último, ¿conoce Vizcarra a sus rivales? ¿Quiénes son? ¿Qué agenda tienen? ¿Cuáles son los “no negociables” de su mandato? Si el Presidente pretende ser el amigo de todos será el amigo de nadie, y su recuerdo, más breve que el de su antecesor. Que marque bien su cancha él mismo, antes de que le pase por encima una mototaxi refaccionada con nuevos accesorios.

Columna publicada el 1 de abril del 2018 en el diario La República

 

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