Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

11 marzo, 2018

El último apague la luz

Las condiciones de antagonismo político están destruyendo al país sin que quienes nos gobiernan o, mejor dicho, a quienes escogimos libremente para que nos gobiernen, les importe poco menos que nada. Solo invocan futuros descalabros cuando el enemigo los tiene en jaque. Parece que el pueblo ha dejado de importarles y en contrapartida al pueblo le ha dejado de interesar esa merienda podrida que le ponen a la mesa cada día de la semana.

Una democracia sin partidos, solo con pequeños caudillos, es débil. Pero cuándo resulta que estos tiranos de Liliput son una sarta de inmorales, ya no queda nada que esperar. Sólo esta semana el Presidente Kuczynski, quién es incapaz de distinguir un interés privado de uno público, nos ha asegurado que el mismísimo San Pedro lo recibirá en el cielo para asegurarle que ha obrado bien. No, no es broma. Yo pensé que le habían clonado la cuenta de twitter, pero es cierto. Me declaró incompetente para juzgar los delirios celestiales del Presidente del Perú, pero ¿merecemos esto?

Pues parece que sí. Estamos inmersos en un círculo vicioso de mala política. Al ser odiada, nos alejamos de ella y al desinteresarnos caemos, una y otra vez, en las peores manos. Los pocos que aún hacen el sacrificio de interesarse son traicionados por su escasa preparación, por la falta de redes de soporte (como un partido real) o por una serie de triquiñuelas en las que se mueve la escoria que se ha apropiado de lo político en el Perú. Mientras tanto, esa minúscula porción de los habituales, de los que están cómodos en este modo de operar, no quieren que cambie nada. Las mismas reglas solo arrojan los mismos resultados con tendencia a empeorar.

Esta misma semana el Congreso decidió destruir, sin mayor debate, los mecanismos de confianza y censura que modulan el equilibrio entre Ejecutivo y Legislativo. Así, como si nada, derogaron de facto la Constitución y la sustituyeron por un engendro que le acomoda al fujimorismo y al apra. 81 votos, izquierda incluida, fueron funcionales a esta nueva escaramuza que tiene por objetivo – si la moción de vacancia triunfa – tener a un Presidente Vizcarra rehén. Un pelele oficial gobernado por la tiranía de un Congreso compuesto de reyezuelos peleados entre ellos mismos. ¿Nos mereces esto?

También parece que sí. Un impresentable sólo tiene un camino para llegar al Congreso: el voto popular. El pueblo los puso ahí.  Llegan con nuestros votos sobre los que sólo podemos pedir cuentas cada cinco años. ¿No podemos hacer nada? Podemos empezar por educarnos mejor. Por aprender que dice la Constitución y porque lo dice. ¿Cuáles son nuestros derechos? ¿Cuáles son nuestras obligaciones? No confiamos en nadie, fuera de círculos íntimos porque fuera de ellos las obligaciones no existen. Nuestro congresista electo nos puede engañar, tanto como lo hace cualquiera. Si el Presidente miente, ¿por qué no van a mentir los demás?

Existen pequeños reductos de resistencia. El Tribunal Constitucional está peleando una guerra cada día menos silenciosa por no ser capturado por el fujimorismo, pero puede perder. Ya ocurrió en los noventa y puede volver a ocurrir. El sistema electoral se ha cansado de pedir reformas que nadie quiere aprobar. Y ahí paramos de contar. El Poder Ejecutivo está paralizado, sin una sola reforma de importancia y muy pocos que puedan o quieran ejecutarlas temerosos de terminar presos en un ambiente de desconfianza. Alcaldes y Gobernadores que ya no pueden reelegirse van dejando abandonadas sus regiones, provincias y distritos. Obra pública abandonada hay, por todas partes.

El sistema judicial no sólo está podrido por la corrupción. Es incapaz de socializar sus fallos y educar a la población sobre aquello que no entiende. Se sube a la ola de ajusticiamientos de los que reclaman sangre, abandona los casos que no son mediáticos, destroza la vida de miles de mujeres que están hartas de esperar. Nada cambia.

Lamento el tono triste pero no le veo mejoría a mi país. Hace 25 años se hizo una reforma económica que paró por siempre al monstruo – que parecía invencible-  de la hiperinflación. Se acabaron las devaluaciones traumáticas, las colas, el mercado negro de productos, y al final, no sin pocos sacrificios, malos ciclos, y a veces, pésimas decisiones, el Perú prosperó en su economía. Nunca se ha podido lograr una reforma parecida para la política. Sí se han logrado consensos en políticas públicas en el Acuerdo Nacional, pero cuando se trata del uso del poder, nada es posible de lograr más allá de una vulgar repartija.

Estamos donde estamos, a la puerta de tener la vergüenza de tener un Presidente vacado y a otro maniatado por un Congreso fragmentado porque no fuimos, como sociedad, capaces de ponerle límites al abuso de poder o crear un verdadero sistema político. Las consecuencias pueden ser inimaginables y catastróficas para la democracia. En la historia del Perú los golpes de Estado se cocinaban, hasta donde la memoria alcanza, en este mismo caldo, cuyo sabor amargo tantas veces hemos probado. ¿También nos lo merecemos? ¿No habrá un solo gesto de nobleza que evite este destino?

Columna publicada el domingo 11 de marzo del 2018 en el diario La República

 

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