Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

23 enero, 2018

Lo de las fotos

Son cientos de fotos. No una, no dos. Cientos. Personas que se agrupan, se empujan, gritan “la última, ¡la últimita!”. En un taxi, en misa, en un avión, dentro de un baño público. La locación es irrelevante. No hay ningún límite para el que se encuentra de pronto y sin saberlo de antemano, con la posibilidad de tomar la foto deseada. Si me preguntan cuál fue la actividad que realice con mayor constancia en los cuatros días y tres noches que pase en Puerto Maldonado, cubriendo la visita del papa, fue esa. Sonreír para un teléfono celular ajeno. No es la primera vez y, lamentablemente no será la última.

No hay posibilidad de negarse. Lo más prudente es organizar la cola. Asegurar a todos que tendrán sus fotos. Hay también un efecto contagio. Si aceptas dos o tres, vienen detrás quince. Supongo que presumen que si el otro tiene algo será bueno tenerlo también. En estos días no se aceptan las fotos de grupo como salida al problema (del fotografiado) sino que se exige una foto individual, lo cual incluye fotos individuales con todos los miembros de una misma familia.

Si intentas poner resistencia porque por ejemplo tienes ganas de ir al baño, te están llamando para que entres al aire con tu despacho o estas intentando hablar con tus hijos, debes estar preparado para la huida rápida, porque el acoso no parará ni dentro del baño. “Unita pues, unita, ¿qué le cuesta?” Entonces puedes tratar de explicar que te acaban de avisar de la muerte de alguien o de tu propia muerte. Eso es, también es irrelevante.

Una vez entre a comprar un café, para llevar, con el tiempo justo para llegar a la radio. Un joven me pidió una foto. Le dije que por favor me dejará hacer el pedido y luego lo hacía. Cuando salí ya no estaba. En el carro abrí el twiiter y ahí estaba escrito algo así: “La sobrada de Rosa María Palacios no quiso tomarse una foto”. Era falso, pero te da otra clave: la satisfacción tiene que ser instantánea. Quiero aquí y quiero ahora. Cuando doy una charla le pido a los organizadores que consideren un tiempo para las fotos. Cuando le dices a todos que hagan una cola y esta avanza rápido (hay que dirigirla como novia en saludo) todos se quedan más tranquilos. El tumulto baja. “Aquí y ahora” tendrán su foto. Individual, por supuesto. Cuando, por alguna razón – por ejemplo, que el avión te deja – debes salir corriendo y adviertes que no habrá fotos, los organizadores tienen que sacarte con resguardo. Porque la explicación, jamás basta o disuade.

Lo curioso es también el tema del deber y el derecho. Los que exigen la foto dicen frases como “el precio de la fama”, “le toca por ser famosa” o “usted no es como fulanito que ¡imagínese!, no quiso tomarse foto”. Yo sonrío a la cámara y le tengo una envidia a fulanito a quien conozco y admiro por tener el coraje que a mí me falta para decir “por favor estoy con la boca llena, ¿puedo terminar de masticar?”. Los que toman la foto y luego se colocan para que se las tomen a ellos, consideran que yo estoy cumpliendo una obligación, que es mi deber atenderlos. Y no lo es.  Sin embargo, en un país donde los derechos del otro no existen, es natural que así lo crean y con total convicción.

Soy la tercera de siete hermanos y cuando era niña no nos tomaban tantas fotos como se le toma a un niño hoy. No existían cámaras digitales, no veíamos la foto antes de revelarse y el revelado era caro. Las fotos eran para acontecimientos familiares, fechas importantes, paseos. No debo conservar ni media docena de fotos individuales antes de los 10 años. Además, siempre me decían “no hagas muecas”. “No se te puede tomar fotos”. Un caso, vamos, perdido. No salía bien ni en las fotos carné. La primera vez que estuve en una sesión de fotos profesional, me sorprendió la cantidad de veces que disparaba el fotógrafo. “Así es, así funciona, te acostumbras”. Pero no terminas de acostumbrarte. Una sesión de fotos es para mí un pequeño vía crucis. Con el video no me pasa lo mismo, pero con las fotos, sí.

Me metí al periodismo para entrevistar a otros, para cubrir historias sobre otros. Siempre he detestado el morboso “periodismo de periodistas”. Considero que el periodista nunca debe ser la noticia, salvo que sus colegas tengan que dar cuenta de su defunción. La parte “promocional” de los programas, sobre todo en televisión, siempre la he aceptado como quién acepta una obligación contractual de la que no puede escapar. Si escribo sobre esta historia hoy, no es para escribir sobre mí, es para que los que están del otro lado de la cámara entiendan que se siente de este lado.

Muchas veces las personas que me acompañan disfrutan del show de las fotos. Como resulta que para el que desea la foto mi entorno no existe, se convierten en invisibles. Algunas amigas no lo soportan, otras se meten detrás de la foto y se mueren de risa. Mi familia ya se acostumbró. Apenas empieza, se adelantan. Ya saben que voy a demorar y que voy a tratar de manejarlo lo más rápido posible. Y esa es otra conclusión, el entorno no existe. Desaparece. No importa si mi interlocutor esta contándome una tragedia o quiero escucharlo. Simplemente, no los ven, irrumpen como si estuviera sola. El Padre Javier, que dirige Radio Santa Rosa decidió registrar el fenómeno en Puerto Maldonado. A pesar de mi protesta, debe haber tomado una veintena de fotos a los que se tomaban fotos conmigo. Lo pudo hacer, con total tranquilidad, porque era invisible a pesar de su cámara profesional. Invisible.

Otras personas se van agradecidas porque “ahora sí, ya me conocen”. “No”, les digo, siempre, “usted no me conoce, tiene una imagen mía, pero no sabe casi nada de mí y yo, con toda franqueza no sé nada de usted”. Espero que si alguna vez aparece una foto mía con un criminal con prontuario se entienda que no “conozco” y probablemente nunca conoceré, a las miles de personas que a lo largo de ya casi 20 años tienen fotos conmigo.

¿Que puede haber detrás de la necesidad de poseer la imagen de otro, sin límites, aquí y ahora, de forma individual, invisibilizando el entorno y sin el más mínimo respeto a cierta intimidad a la que aún una persona que tiene alguna notoriedad tiene derecho? Yo, en esas fotos, me siento una cosa. Un objeto a poseer por unos segundos. Una muñeca sin sentimientos, ni deseos, que ha perdido la libertad de elegir o el derecho a la intimidad y al silencio. Que no puede observar sin ser observada. Y que tiene que aceptar esta tortura y poner la mejor cara posible o huir a encerrarse y salir lo menos posible fuera de los lugares habituales, donde ya, felizmente, nadie quiere una foto.

Pensaba en todo esto mientras veía al papa enfrentar millones de celulares que se alzaban a su paso. Aquel que pudo sacarse su foto individual se siente realizado y la exhibe como un trofeo. Pobre papa, si por la gente fuera, le pedirían, cada una de las personas que lo vio, una foto individual, sin importar su edad, su cansancio o la poca importancia que puede tener para una fe autentica la necesidad de una imagen. Pero somos, todos, un pueblo fetichista. Nos gusta apropiarnos del otro a través de las imágenes, aunque no entendamos, o no queramos entender por conveniencia, lo que ellas representan en realidad. O lo que hay detrás de ellas.

 

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