Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

20 septiembre, 2017

Kenji y la secuestrada

La semana venía apacible en comparación con la anterior. Los fujimoristas saludaban al nuevo gabinete en animo de tregua y Meche Araoz lanzaba la estrategia «voltear la página» para lograr consensos. En otro momento hablaré de ese error político, porque Kenji ocupa de nuevo este espacio. Vuelve al ataque y está vez no se anda con rodeos. El enfrentamiento con su hermana y su partido ha escalado hasta el escándalo público.

Aclaremos que aquí no hay invento alguno. El pleito familiar es real y se remonta al 2011. Durante ese verano, Keiko Fujimori luchaba la elección todavía como la orgullosa hija de Alberto Fujimori. Su padre y su entorno directo tomaban las decisiones que ella acataba. Ya estaba Ana Vega (desde los días de Keiko en Palacio) pero no tenía todo el poder que tiene ahora. Las cosas se pusieron muy duras cuando el padre quiso organizar la lista parlamentaria. El incidente de su enfermera fue el primer pleito público de hija y padre. Él agradecido, la colocó en la lista. La hija, indignada, la sacó. Lo hizo tan torpemente que la víctima de su ira logró su reincorporación en el JNE. Gina Pacheco no ganó su cúrul, pero ese fue el pretexto que inicio el enfrentamiento.

Luego, Keiko perdió las elecciones generales 2011 estando muy cerca de ganar. El resultado fue emocionalmente devastador para ella y su padre la recriminó duramente. Hizo mal y Alberto debe arrepentirse hasta hoy. Ella, que se había esforzado en todos los sentidos posibles por ser la hija buena, la salvadora de su padre, la guardiana de su legado, no obtuvo la única cosa por la que realmente había luchado: la aprobación de su padre. Las acres recriminaciones la destrozaron.

Para empeorar las cosas, semanas después, el indulto ofrecido por el Apra – a cambio de los votos fujimoristas en el Congreso durante todo el gobierno de García – no llegó nunca. Fujimori culpó directamente a Ana Vega – según una fuente, la gestora del acercamiento político con el Apra en que se intercambian votos por condiciones carcelarias cómodas y un futuro indulto al terminar el mandato – de ser una pésima estratega y de haber perdido la oportunidad de sacarlo de la cárcel. Lo cierto es que Alan García habló del tema con Ollanta Humala. Le propuso que lo indultaran «entre los dos» pero que la resolución de indulto la firmaría el nuevo Presidente el 28 de julio. Humala, por obvias razones, no aceptó.

Así, Alberto Fujimori y su hija se distanciaron definitivamente. Ella espació sus visitas a la Diroes. Participó, de mala gana, en el pedido de indulto humanitario con sus hermanos. Tampoco toleraba las críticas de su padre a Ana Vega. Hay que recordar que ella, para efectos prácticos, sustituyó a su madre en los últimos años del fujimorismo en el poder y fue ella la que acompañó a Keiko luego de que su padre la abandonará en Palacio de Gobierno para huir a Japón. Los hijos Fujimori no tuvieron una infancia y adolescencia normal. El divorcio de sus padres fue traumático y vivieron en inmuebles del Estado que poco tienen de hogar. En muchos momentos estuvieron absolutamente aislados. No estudiaron sus estudios superiores en el Perú y no establecieron amistades profundas con gente de su edad, en la adolescencia. Por ello, Ana Vega puede ocupar el rol que hoy ocupa en la vida de Keiko. Es amiga, consejera, mama, abuela pero también secretaria, cuadro político y alto mando dentro de la organización. No es de la familia, pero hace tiempo que reemplazó a la familia. No en vano Kenji alega hoy que tienen a su hermana «secuestrada». La referencia directa es a Ana Vega.

Luego del fracaso del 2011 muchas voces, bastante sensatas, le propusieron a Keiko crear una organización política propia, completamente desvinculada del padre. El consejo era «desalbertizar» su imagen y proyecto. Al principio no le fue fácil. Por ejemplo, seguía celebrando el 5 de abril, pero poco a poco, lo que era una estrategia se convirtió en una realidad que ella abrazó con total entrega. Las visitas a su padre se espaciaron mucho más. Si bien todavía aseguraba el 2015, a los leales a su padre, que esta era una manera de llegar al poder, Alberto y Kenji ya sabían que era mucho más que eso.  El silencio del padre durante el verano del 2016 y los esporádicos tuits de apoyo fue todo lo que vimos.  Alberto esperó el resultado de la elección. Con el nuevo fracaso replanteó toda su estrategia a través de Kenji.

Lo que estamos viendo no es falso. Es real y prioritario. Dos bandos de la misma familia pelean por una cuota del poder político con el que el pueblo los favoreció. El resultado de este duelo todavía es incierto, pero tenemos la seguridad de que ambas partes darán fuerte y pública pelea. Un indulto, aún uno ilegal, será un triunfo exclusivo de Kenji y un desastre político para Keiko. No hay forma de disimular el rechazo de ella a la libertad de su padre. No ha aceptado ni siquiera una ley de arresto domiciliario para condenados. Hoy Keiko conserva un 38% de popularidad pero si su padre la declara «la hija mala», ¿podrá conservar ese apoyo? ¿por qué méritos? Una nueva acción disciplinaria contra Kenji y su posible expulsión de su propio partido es un límite que Keiko Fujimori tendrá que considerar pasar. Los resultados pueden ser peores para ella que perder dos elecciones nacionales.

Les dejo el programa de hoy, Sin Guiòn, donde comentó, entre otros abusos de la bancada fujimorista, la respuesta en modo «declaración de guerra» de Kenji Fujimori.

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