Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

19 mayo, 2017

Con la boca abierta (4)

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El título de esta columna no se refiere a la interpelación a Martín Vizcarra. Todo lo que ha pasado, ya había pasado antes y volverá a pasar varias veces. También lo que va a pasar. A nadie sorprenden las respuestas del Ministro, porque ya las había dado en buena medida hace dos meses. Tampoco los insultos del fujimorismo porque, leídos desde lejos, parecen ser los mismos de siempre. Ni siquiera innovación en el insulto ha habido. Y, también como siempre, mientras el Ministro hablaba, un hemiciclo vacío de supuestos interesados congresistas fiscalizadores, escuchaba el eco de su voz. Es decir, el mismo circo de siempre.

¿Y que va a pasar? Que lo censuran en una semana. Primero saldrá un informe de Contraloría, ya pactado con el fujimorismo, emitido por un Contralor que desde el primer día de este gobierno le pasa la franela a Fuerza Popular para que no lo saquen, cosa que con 72 votos pueden hacer en una. Con la excusita en la mano (¿se acuerdan de las computadoras usadas para sacar a Saavedra? ¿No? No, se preocupen, ni los fujimoristas se acuerdan) ya tienen para el circo en función continuada la siguiente semana. La política peruana es tan previsible en estos días, que ya aburre.

Así que aprovechare para ampliar sus horizontes, que los míos se agrandaron tanto que no tenía ojos para seguir viendo a la distancia. El norte de Western Australia – más cerca de Indonesia que de Sidney – tiene una explotación minera que de verás impresiona. Saliendo muy al norte de Perth, a dos horas de vuelo, se llega a Port Hedland. El puerto con apenas 1500 habitantes – y un Aeropuerto Internacional que ya quisiera Chinchero – puede llenar 19 barcos cargueros de dimensiones descomunales a la vez, en menos de 24 horas. Todo el proceso de embarque de hierro, que va en un 95% a la China, esta automatizado y se controla a 1500 kilómetros, en Perth. Vagones que descargan sin mano humana, fajas transportadoras que se pierden en el horizonte. El despliegue tecnológico, parece concluir. Pero no, eso no es todo, la linea férrea de mas de 700 kilómetros hacia el desierto, transporta convoys de vagones que unidos miden, cada uno, 3 kilómetros. Para ir del Puerto a una de las minas, es tan lejos, que también se va en avión. Un vuelo de 20 minutos lleva al Foker 100 que nos transporta a otra bien dispuesta pista de aterrizaje.

La tierra roja del desierto australiano esta cargada de potencial minero. Sin altitud y sin accidentes geográficos importantes,  la explotación de estas llanuras áridas deshabitadas no parece difícil. Pero, ¿quien quiere venir a trabajar a estas soledades de horizontes infinitos? Las comunidades indígenas se ubican en pequeños poblados mas cercanos a las costas y se han beneficiado con programas de integración al empleo tremendamente agresivos. A pesar de la automatización de los procesos mas riesgosos para el ambiente, cada sitio de exploración ofrece empleo a más de 1000 personas cada uno, lo cual, en estas llanuras, significa darle trabajo a todos. Incluidos aquellos que vienen desde Perth a vivir en las pequeñas villas construidas para ese fin.

Cuando veo que esto es posible, con inversiones billonarias pese a la caída de los precios de los minerales, pienso ¿por qué no en mi país? ¿Qué nos pasó? ¿Cuando hicimos las estupideces económicas, políticas y hasta ideológicas que te llevan al subdesarrollo? ¿Cuando nos perdimos como país cuando tenemos mucho para ofrecer? No tenemos, en todo el país, ni la décima parte de esta infraestructura.

La corrupción, la falta de respeto a la ley, la ausencia de una administración de justicia, la desconsideración al otro es nuestro legado. Eso pienso cuando desde el aire veo cruzar, en esta inmensa pampa roja, un tren gigantesco que no existía ni en mis sueños mas enloquecidos, como una serpiente infinita que repta sin descanso. ¿No merece eso quedarse con la boca abierta? Claro que lo vale.

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