Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

29 marzo, 2017

Después del diluvio

Foto: La República
Foto: La República

El norte del país ha enfrentado días muy duros. Eso deja una marca. No se olvida el susto, lo sufrido y lo sobrevivido. Sin embargo podemos hacer dos cosas con esta experiencia.

La primera, olvidarla. Para no sufrir, para no pensar, tendemos a bloquear recuerdos desagradables. Negarlos, como algo que paso a otros y no a nosotros mismos. Una tragedia que se cuenta en tercera persona: “Ellos se llenaron de lodo”. Cuando esto sucede, no se procesa lo sucedido. Entonces no cambia nada. La casa se construye en el mismo sitio y se acepta, con resignación que todo volverá, algún día lejano, a pasar. Mientras ese día llegue, se seguirá viviendo como antes.

La segunda posibilidad de una victima es procesar a fondo lo que ha pasado. Recordar cada momento de angustia, recorrer nuestras culpas y sanarlas, entender que pasó y porque pasó. Entonces, todo cambia. La victima deja serlo para ser convertirse en sobreviviente, pero ciudadano. El proceso de reconocimiento de su perdida, pequeña o grande, dolorosa, tiene que llevarlo al juicio crítico para establecer que cosa tiene que cambiar en su vida cotidiana para no volver nunca más a la situación en la estuvo o al menos, tomar todas las medidas para mitigar riesgos que ya están calculados. Ya no se deja nada a la resignación y al azar.

Las tragedias que ha impuesto la naturaleza sobre los peruanos no pueden seguir negándose de la primera manera: “ya pasó, ya estas bien, aquí no paso nada”. ¿Por qué? porque no es cierto. Pasará de nuevo y cada vez con mas frecuencia. La negación cuesta vidas y millones en infraestructura pública y privada.

¿Piura es ahora una región tropical como lo es Tumbes? ¿El cambio climático ha afectado el habitat? Si los científicos (tenemos muy buenos en el Perú)  así lo determinan, pues hay que aceptar ese nuevo estatus y tomar medidas racionales. Mudar ciudades, urbanizaciones, cambiar trazos de carreteras, elevar puentes, demoler, rehabilitar donde sea posible. Todo eso debe hacerse pero no puede hacerse con una víctima que no deja de ser víctima y que continua en negación. No puede ver y se niega al cambio.

Esta mañana la Ministra de Educación Marilu Martens anunció en una entrevista que tuvimos en Radio Santa Rosa que va a proponer que el 3 de abril se abran las escuelas de Piura (las que puedan hacerlo) para recibir a los niños y profesores que tengan los medios para asistir. La idea de la propuesta no es que reciban la educación regular y formal que implica llevar un uniforme, utiles y escuchar clases. Nada de eso. Se propone que docentes y niños reciban orientación psicológica para que trabajen el duelo que muchos tienen. Para que hablen de las emociones contenidas que no pueden expresar. Muchos lo han perdido todo y no tienen más que la ropa puesta y la ayuda solidaria que vienen recibiendo para poder subsistir. Otro, tal vez no han sufrido daños materiales pero han tenido miedo, pánico, temor de perder a la familia. En fin, el pozo de emociones debe estar lleno.

El ejercicio escolar debería extenderse a sus padres y a toda la comunidad. Sólo las reflexión profunda de lo que ha pasado y el procesar con amor y paciencia las perdidas puede superar el duelo. Piura, así como todas las ciudades afectadas, necesitan no sólo limpiar o drenar el agua empozada. Necesitan hacer el duelo para no construir la misma ciudad resignada sino una nueva, que los acoja y protega de la naturaleza. Es posible hacerlo y debe hacerse.

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