Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

21 diciembre, 2015

Justicia, si. Ajusticiamiento, no.

Antes de que siga leyendo creo que es necesario advertir al lector que esta columna puede no gustarle nada y hasta enfurecerlo. Voy a escribir sobre Manuel Burga, ex Presidente de la Federación Peruana de Fútbol, hombre odiado como pocos y hoy, preso, para fines de extradición a los Estados Unidos, en el Penal de Piedras Gordas II.

Conocí a Manuel Burga en el colegio en una época en que parroquia, barrio y escuela eran lo mismo en las cuadras que rodeaban Santa Cruz y Conquistadores en San Isidro. La gran mayoría asistíamos al mismo colegio parroquial marianista, que tan a mano estaba. Burga, 5 años mayor que yo, vivía en Santa Cruz, en la misma casa en la que vive su familia hasta hoy. El domingo antes de que lo apresaran nos cruzamos en misa, a la que siempre, a lo largo de todos sus años y los míos, hemos asistido.

No sé nada de fútbol pero si que Burga fue culpado sistemáticamente de todos los fracasos de la Selección Peruana de Fútbol. Fracasos que son enormes. Tantos, que los futbolistas peruanos no asisten a un Mundial de Fútbol desde 1982. Durante los muchos años en que fue Presidente de la Federación pude entrevistarlo en algunas ocasiones, – tal vez porque mi ignorancia en la materia y mi buena fe le parecieran suficientes para hablar – y siempre encontré respuestas a las preguntas que hice. Podía discutirse su capacidad dirigencial pero no su honradez.

Sin embargo, los periodistas deportivos lo acusaron de inepto y ladrón sin misericordia cientos de veces. Tal vez se merecía lo de inepto por los resultados, pero en lo de ladrón, nadie le pudo probar nada. Los hinchas, siguieron con vehemencia esa corriente de opinión y hasta se hicieron encuestas en las que su desaprobación competía con la del terrorista Abimael Guzmán. En ese escenario le pregunte muchas veces ¿por qué no dejas esto a otros? Me cuentan que sus amigos intentaron persuadirlo otras tantas veces para que se alejará de estos cargos dirigenciales, finalmente voluntarios, sin ningún éxito.  Su respuesta fue siempre, que quería retirarse triunfador.  No sólo no lo logro. Hoy, esta preso.

La FIFA es una organización mundial que ha vivido, en muchos casos y por mucho tiempo, al margen de las leyes nacionales o al filo de estas. Manejando multimillonarias operaciones por derechos de transmisión de partidos, seleccionando locaciones para mundiales y otros campeonatos, negociando millones en contratos de publicidad, no tuvo más control que el de sus propias autoridades y terminó corrompiéndose de arriba a abajo. Aunque privada, los dirigentes mundiales de la asociación han aceptado sobornos de rey a paje. La justicia de los Estados Unidos encontró un dirigente corrupto que aceptó hablar a cambio de una pena menor y desde ahí han ido cayendo, en el mundo entero, dirigentes que serán juzgados en los Estados Unidos. En la última acusación (han habido varias este año) se incluyó a Manuel Burga.

A Burga, en resumen, se le acusa de haber participado en una esquema de contratación de derechos de transmisión el 2013 que incluía – fuera del contrato – un pago extra, una soborno para la Fiscal, que se repartía entre todos los Presidente de las Federaciones de la Conmebol.  Burga acepta que tal pagó existió, pero que no era una coima o soborno y mucho menos que él recibiera personalmente dinero alguno. El pago fue recibido vía bancaria por la Federación Peruana de Fútbol, la legítima beneficiaría de toda la operación, y eso es muy fácil de probar.

La justicia de los Estados Unidos es eficaz y admirable para comprarse pleitos de gran envergadura. No cabe duda que en la gran mayoría de casos el sistema FIFA se pudría por la absoluta falta de transparencia de una asociación que movía miles de millones de dólares al año, mantenía dirigencias perpetuas y recibía pagos y sobornos. En buena hora que una fiscalía valiente, a través del sistema premial, pudiera poner fin a años de amarres por lo bajo.

Específicamente a Burga se le acusa en los Estados Unidos, con otros 6 dirigentes de la Conmebol por el caso «Datisa» (filial de la gigante T y C de Argentina) de conspiración al pertenecer a una asociación criminal, lavado de activos y fraude electrónico. Son 5 los cargos. Sin embargo, para que proceda la extradición se requiere que exista doble incriminación. Es decir que el delito imputado lo sea aquí y allá. Y aquí, es poco probable que en nuestro Código Penal un juez encuentre que la conducta de Burga sea criminal. Si Burga hubiera recibido el dinero para si mismo, no cabría duda de la imputación. Pero habiéndolo recibido la Federación de Fútbol, que era la que debía recibir el integro de los derechos, ¿a quien se defraudó? ¿que se lavó?

En todo caso, haría bien Manuel Burga en someterse a toda investigación, aquí y allá, y limpiar su nombre. Yo creo en su inocencia porque se como vive y no he visto nada en su conducta personal o familiar que haga siquiera sospechar que se ha enriquecido ilícitamente. Me informan que la tragedia que su familia afronta hoy no sólo es moral o emocional, es, también, económica. Una defensa penal en los Estados Unidos cuesta millones y Burga, no los tiene. No hay de donde.

Finalmente, ¿qué hace Manuel Burga en Piedras Gordas? No tengo idea. Me lo han preguntado en estos días y francamente no tengo respuesta dentro de las leyes peruanas. ¿Es un criminal de alta peligrosidad que ponga en riesgo la vida, salud o patrimonio de alguna potencial victima? No. Eso es ridículo. ¿Hay peligro de fuga? Ninguno. ¿Por qué no se le da arresto domiciliario mientras duran los tramites de extradición? En otros países, esa es la medida de prevención adoptada. Pero aquí no. Como lo odia el policía, el fiscal y el juez, la justicia de juguete que tenemos lo pone en una cárcel rodeado de hinchas que lo pueden matar porque no les gusta su cara. Y el resto de la hinchada vitorea el triunfo en la calle. Esa no es justicia. Es un remedo de justicia.

Manuel Burga debe estar en su casa, tramitarse su extradición, ver si esta se ajusta a las leyes peruanas o él, por propia voluntad, allanarse y someterse voluntariamente a la justicia de los Estados Unidos. Eso pasaría en un país civilizado. Pero ya sabemos que en el Perú ir contra la corriente tiene un precio que pocos fiscales y jueces valientes están dispuestos a pagar. Ojala, muy pronto, aparezca uno.

 

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