Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

25 octubre, 2015

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Aún no  he leído el libro de Pedro Salinas, en colaboración con Paola Ugaz, «Mitad monjes, mitad soldados» que recoge los duros testimonios de jóvenes abusados por Luis Fernando Figari, fundador del movimiento católico Sodalicio de Vida Cristiana (SVC)

Sin embargo, si sé de los años de lucha de Pedro. Años de insultos, de soledad, de búsqueda. Cuando Pedro escribió su novela Mateo 10, una ficción sobre su vida en una comunidad sodalite, fue tratado como un apestado, un traidor, un maldito malagradecido. No era la primera vez que se exponía a ese maltrato. Cuando renunció al Sodalicio – dando la cara, no se escapó por una ventana – el mismo Figari, con el mas absoluto desprecio y sin ninguna empatía por un joven que empezaba la veintena, le dijo que jamás sería feliz. Así de fácil, lo condenó de por vida. La feliz vida de Pedro lo contradijo muchas veces a lo largo de tres décadas pero él no olvidó esas palabras miserables que sólo podían venir de un ser que creía ser tan omnipotente como para ver el futuro.

Pocos años después, me lo contó, una persona, ex sodalite, se le acercó para hacerle una confesión que lo  dejaría conmovido por siempre. Corría, sino me equivoco, el año 2010 o 2011 y se estaba promoviendo la causa de beatificación de German Doig, muerto tempranamente de un infarto y número 2 del SVC. Un santo para una comunidad religiosa, con tan pocos años de fundada, es un gran acontecimiento. Sin embargo, por el testimonio que Pedro escuchó asombrado, el aspirante a beato tenía una vida sexual oculta que de santa tenía poco. Los hechos fueron revelados internamente y la causa de beatificación desapareció, como toda memoria de German Doig.

Sin embargo, ¿podía el número 2 haber desplegado esa actividad sexual sobre miembros de su comunidad sin que lo supiera su superior? Para Pedro, eso era imposible. Esa sospecha dio inicio a una larga búsqueda cuyo resultado es un libro que ha provocado, esta vez, una reacción muy distinta a los agravios que Pedro Salinas recibió durante años.

Durante los años de búsqueda, Pedro se dedicó a abordar el tema desde distintos ángulos en sus columnas semanales de opinión. Estudio técnicas de manipulación de jóvenes de clase alta y media provenientes de familias disfuncionales. Conoció las tres causas presentadas al Tribunal Eclesiástico sobre la conducta perversa de Figari y no paró de protestar por el silencio y la inacción de los que tenían que hacer justicia. Comparó casos similares.  Recibió muchos insultos, pero, mientras los insultos seguían cayendo, Pedro se ganó la confianza de muchos, afuera y – lo más notable – adentro del SVC. Así, con la ayuda de Paola Ugaz, pudo recoger los 30 testimonios que conforman el libro.

Cuatro años de vida periodística dedicada a una causa no es poca cosa. Y que la institución acusada reconozca el martes pasado que los «relatos son verosímiles» significa un triunfo contundente para victimas que ha defendido Pedro más allá de toda obligación personal, con tal vehemencia y con tal pasión que llegó hasta el límite de hartar a sus lectores. Pero, aún cuando le decíamos, «ya párala Pedro», el continuó y no paró hasta lograr que las voces que estaban silenciadas hablaran.

Hoy fui a misa. Pensaba y pedía por la víctimas. ¿Cómo puede la Iglesia, mi Iglesia, tolerar este daño irreparable? En esas estaba, absorta, hasta que tocó leer el Evangelio. Y ahí estaba el ciego Bartimeo gritando para que Jesús lo escuche. «Muchos lo reprendían para que callará, pero él gritaba más».  Y me acorde de Pedro.

¿Y que le pidió el ciego a Jesucristo? Ver. «Y al instante recobró la vista».

Pedro ya no es creyente, reniega de la Iglesia, de Dios y de todo lo que implica una religión organizada. Razones, tiene. Los que pretendieron formar su fe, la deformaron sin remedio. Pero, para una creyente que esta rezando por las víctimas de estas atrocidades  no es casualidad que hoy toque el evangelio del ciego Bartimeo.  Pedro se parece mucho a él. Ha gritado sin parar, por mucho tiempo para que se le permita ver. Y ha visto el infierno.

Ver la verdad. Esa es la primera reivindicación de las víctimas. Pedro las ha hecho visibles, respetando su intimidad. Ha gritado mas fuerte que todos y se le ha concedido ver y ahora, hacernos ver. Nadie ha hecho tanto por limpiar una institución gravemente enferma – que tiene personas maravillosas en su interior que no merecen estar mezcladas con estos pervertidos – que un no católico, ateo confeso, y militante anticlerical. Dios debe tener un cielo especial para él. Eso espero.

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