Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

20 abril, 2015

Crimen y Castigo

Dice el escritor chileno Alberto Fuguet, en su famoso novela sobre periodismo de batalla, «Tinta Roja» que las notas periodísticas policiales existen porque son «las sociales de los pobres».

Hoy, la sección policial de los noticieros de televisión es las mas amplia, en extensión al aire, utilización de personal y atención del director que hace una década o dos. ¿Cuántos muertos por programa diario? Difícil llevar la cuenta. Pero, entre atropellados, accidentados, asesinados en diferentes modalidades, extorsionados o asaltados deben ser cientos en los últimos años.

La buena relación del periodista con la policía y la fiscalía es, en estos casos, indispensable porque será la fuente de videos, audios y chismes básicos para desarrollar la historia. Familia y  amigos también juegan un papel así estén encantados de salir en televisión o si, por el contrario, – lo mas común- odian el circo que se monta alrededor de la persona que amaron.

El guion es es mas o menor previsible. Se cubre el hecho. Los familiares reclaman justicia. Velorio. Familiares y amigos lloran. Hablan testigos. Causante del daño es detenido. Causante del daño niega todo. Familiares lo acusan de nuevo en Micro Onda. Fin. Y a otra cosa.

Sin embargo, después de un tiempo, toda noticia policial, cubierta de forma idéntica una y otra vez cansa. Aburre. Y es necesario parar el oído y el ojo a casos que contengan elementos poco vistos, poco rutinarios y de ser posible melodramáticos. Así, la banalización de la muerte se instala frente a ustedes.

«Hijas matando a sus madres» es un gol de media cancha para el productor. Y si la madre tenía plata y vivía en barrio de ricos, sonríe. Y si la hija es lesbiana, arrodíllate y agradece a Dios. El morbo enloquecido de la audiencia quiere más, Y más se les da.

En general, cualquier nota policial con lesbianas es un éxito. Las que tienen vedettes o señoritas que aparecen en calendarios cortas de ropa (o sin ella) son buenas, pero se están volviend0 rutinarias. Ya mucha calata, también aburre. «Adolescentes asesinos» también es un hit. Saber que no puedes poner la foto del adolescentes (y la pones nomás) es ya un desafió a la ley y al sistema.

«Niñas violadas» vende como pan caliente, pero «oye jefe, ya pues, hay que poner un límite, ¿no? ¿Cómo vamos a sacar a la chiquita?, da pena». Y ahí,  a veces un rayo de esperanza moral recorre la redacción y se oye una voy que dice. «Los niños salen tapados». Listo. Conciencia moral, tenemos ¿ven?.

Ebrios, mañosos, pirañitas componen el universo de «delitos menores» pero que pueden ser geniales en pantalla. Sobretodo si el ebrio insulta al universo o quiere huir (fatal para el ebrio) o si el mañoso es captado por una cámara in fraganti y todas las mujeres del ómnibus lo agarran a carterazos.

Este mundo paralelo y extraño donde se confunde el misterio, la moral, el morbo, las propias convicciones, el código penal y las intimidades de la gente común y corriente es un mundo que usted ve protegido por una pantalla, por una radio o por el papel que sostiene. Nadie se va a escapar de ahí para atacarlo. Es una realidad perversa, pero contenida. Pone a la audiencia de testigo, pero no de participante. Y todos pueden «mirar» sin hacerse daño. El voyerismo del crimen tiene su diaria ración de alimento.

Pero, cuando llega el narcotráfico, todo cambia. Ese crimen pasional (que usted siguió como telenovela) se trastoca en un ajuste de cuentas, a plena luz del día, en el restaurante de pollos al que usted lleva a sus hijos. Ese ladronzuelo casi colgado por los vecinos por tener un cuchillo se transforma en un experimentado transportista de droga que tiene una ametralladora a su lado para zafar a cualquiera que se le cruce.

El narcotráfico mata periodistas. No quiere que sus historias se conozcan, sus redes se hagan públicas, sus coimas a policías y fiscales se hagan evidentes. No acepta que el periodista se cuele en sus jugadas y lleve a un fiscal al puerto y le diga que tiene un soplo. Y que se abra el envió y se caiga el embarque.

El narcotraficante se juega la vida, día a día, y le importa muy poco el castigo. No tiene limites morales frente a un inocente al que asesina salvajemente. Las cárceles son sus centros de operaciones para continuar sacando, embarcando y despechando droga. Le interesa el perfil bajo, el pasar piola, el tener varias identidades para entrar y salir de varios países. Tener «personalidades» paralelas: el gran empresario, el corredor de autos, el manager de vedettes. Sus pasaportes falsos son de magnifica calidad porque se los emiten los mismos policiales coimeados en todas partes del mundo.

¿El castigo? En el Perú,  25 años, 20 años, no menos de 15 años. ¿Les importa? Nada.  Ellos tienen su propia justicia y sus propios castigos. Gerald Oropeza es uno de ello. Su amigo secuestrado y asesinado salvajemente Patrick Zapata Coletti – después de declarar a la policía – es un mensaje en un ajuste de cuentas cuyo objetivo es, a  no dudarlo el escondido Oropeza. Estas policiales no son para pasarlas mirando la televisión en silencio, pensando «esto no me va a pasar a mí». Esto, ya te esta pasando a ti. En tu ciudad, en tu barrio, en tu esquina. No esperes a que el narcotráfico se meta a  tu casa por haber banalizado el policial como espectáculo en las últimas décadas.

 

Extra: Al cierre de esta columna me entero que la madre de Gerald Oropeza, Pilar Consuelo López de Oropeza,  fue candidata al Congreso en las elecciones del 2011 con el número 17. ¿Y su abogado era Miguel Facundo Chinguel? A esperar las explicaciones del Partido. Bien escondidito lo tenían ¿no?

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