Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

13 mayo, 2016

Honor

Hubo una época, ya muy lejana, en el Perú, en que ciertas palabras eran importantes. Honor, honorable, honradez, integridad. Palabras que eran contundentes, que significan algo. Que adheridas a la palabra persona, tenían peso. Una persona con honor, una persona honorable, una persona honrada, una persona integra. Se nombraba a alguien de esa forma con respeto y reconocimiento justo. Se esperaba, era lo natural, que toda persona fuera honrada y honorable y gozará de una bien ganada reputación por sus méritos y no por sus deméritos. Lo contrario, era la excepción, lo marginal.

Hubo un tiempo en que las personas decían con cierta solemnidad: «ya di mi palabra». Y con eso se cerraba una discusión porque «la palabra» era el bien de mayor valor que tenía un ser humano en sociedad. «No tener palabra» era la condena al aislamiento social. ¿Como puedes pactar algo, cualquier cosa, con quien  no tiene palabra? No tener palabra, es no tener honor. No se necesitaba firmar papeles con gente de honor. Un apretón de manos y un consentimiento libre era lo único que hacía falta.

Hubo familias que enseñaron a sus hijos la diferencia entre valor y precio para que se las tatuen en el alma de por vida.  No todo tiene precio y no todo lo que tiene precio, tiene valor. Por el contrario, hay valor incalculable en lo que no tiene precio.  Esos niños, como yo, crecieron en la feliz austeridad de quien sabe cuidar lo mucho o poco que le toco.

Hubo en Lima, y en otras ciudades del país, respeto por el prójimo. Existió. Yo lo vi. Ciudades donde la cortesía de intercambiar un saludo con un desconocido era reconocer su existencia. «Buenos días», ¿se acuerdan? ¿No era lo normal al cruzarse con un desconocido en cualquier barrio pobre o rico del país? ¿Una sonrisa? ¿Un asentir?

Hubo un espacio, lo recuerdo, en que a las mujeres no se les humillaba por ser mujeres. Por el contrario, se les cuidaba, se les protegía, se exigía respeto para ellas. Era inconcebible que un hombre no cediera el sitio a una mujer embarazada, o que por último, no le cediera el paso o la ayudara a cargar cualquier bulto.

¿Que pasó con ese país de mi infancia? Yo crecí con esos valores ¿donde están?

Los hemos reemplazado por el insulto desde el anonimato, por el grito de «no te victímices» que cada víctima tiene que soportar en silencio después de cada agravio. No confiamos los unos en los otros porque la palabra ya no vale nada. Vivimos juntos, pero no nos miramos. Cada uno en lo suyo y el otro, no existe, es invisible, lo puedes pasar por encima. ¿De donde pudo salir la la combi asesina? De ahí mismo, ¿de donde más?

Creemos que el honor, a pesar de ser un derecho fundamental, no existe porque ya no queda nadie honorable. Sólo quedan heroés de batallas perdidas. El resto es todo corrupto. «Ya no se puede creer en nada ni en nadie». Los políticos tiene mucha de la culpa pero la sociedad también. La exhibición impúdica de sus fechorías percola hacia abajo, pero no las rechazamos, la hacemos nuestras. La pasamos a lo cotidiano, a lo normal. «Es lo que hay», «así somos».

Solo queda la familia y la solidaridad. Pero no hay que alegrarse mucho. A pesar de los esfuerzos extraordinarios, el voluntariado no crece y las colectas son migajas en comparación con cualquier país de la región. No damos y queremos que nos den.

La furia de los que escriben desde el anonimato, sin el mínimo honor de si quera dar la cara, nace de esta sociedad enferma en la que nos toca vivir.  Los canallas no son la enfermedad, son el síntoma.  La enfermedad tienes raíces mas profundas.

¿Podemos cambiar esto? Si. No tengo duda que aceptando que somos ciudadanos con derechos (que terminan donde empieza el derecho del otro) y deberes (si, esos que cuesta cumplir) la palabra honor tendrá vigencia. Será un valor reconocido a todo ser humano por el sólo hecho de serlo.

La campaña presidencial no habla de estas cosas. Debería. Hacer docencia política es explicar en términos sencillos fenómenos complejos y que soluciones (políticas públicas) podemos proponer al país para ser una verdadera patria y no un conjunto de fragmentos rotos que no comparte ni siquiera valores esenciales para crear una verdadera civilización de paz y prosperidad para todos.

Les dejó la imagen del hombre cuyo sacrificio inspiro a varias generaciones como modelo de honor.

Ojala lo recordáramos mas a menudo.

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