Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

4 Junio, 2019

Jaque Mate

Los sismos suelen tener como consecuencia la exposición de nuestras miserias privadas. Del mismo modo, los terremotos políticos dejan a la vista la desnudez de los protagonistas de este drama que tiene más de farsa que de tragedia. Hoy vemos a estos tristes actores, con la destreza de un funámbulo ebrio, levantar los deditos, mirar al cielo e invocar constituciones, jurisprudencia, leyes, doctrina y lo que encuentren a mano, para justificar lo que haga falta con tal de no perder lo que inevitablemente perderán. Son el equivalente sísmico de la mujer que grita desnuda en medio de la calle: “Aplaca señor tu ira, tu justicia y tu rigor, misericordia señor”.

El Presidente Vizcarra tomó una decisión que cambia todo el juego político peruano. Hay que decir que no parecía muy animado a llegar a esta situación. Congelado todo el verano, parece que la llegada del invierno lo encendió. Pero, más allá de cambios de ánimo estacionales, algo pasó que lo hizo ver que su situación era políticamente insostenible. ¿Hacer una cuestión de confianza tiene riesgos? Por supuesto. Ya lo hemos indicado en esta columna. Si se disuelve el Congreso y se convoca a elecciones, Vizcarra no cuenta con partido propio que lo respalde. En el interregno, dice la Constitución, asume la función legislativa con decretos de urgencia, pero no puede reformar la Constitución, lo que postergaría, inevitablemente, la reforma. El Congreso, “extraordinariamente elegido” solo completa el periodo y predecir su composición es hoy un albur. En todo caso, los partidos en más riesgo de perder la inscripción no van a participar, guardándose para el año 2021.

Pero, ¿qué riesgos hay para nosotros los ciudadanos? Si el Presidente recibe la confianza, pese a todas las triquiñuelas que los Doctores Truquini intentaran poner en el camino, tendremos una buena reforma política, que no resuelve todo, pero que resuelve mucho. Si el Presidente no recibe la confianza, por las razones que quieran, nos libramos de un Congreso que detesta más del 80% del país. Entonces, ¿tenemos algo que perder? Nada. En cualquiera de los dos desenlaces los ciudadanos ganan. Tal vez, les quieran vender el cuento de la inestabilidad económica, pero ya hemos visto que un procedimiento constitucional predeterminado no genera ningún sobresalto. Si no es así, ¿cómo explican el nulo impacto económico de la renuncia de Kuczynski a la Presidencia?

¿Quién pierde entonces? Los congresistas. Si otorgan la confianza, alterarán severamente dos mecanismos que les son esenciales. Su inmunidad y su control de los mecanismos de democracia interna (o el remedo que hoy pretende serlo) con los que se han mantenido en las cúpulas de sus partidos. Con una inmunidad que ya no pasa por el control del mismo Congreso veremos desfilar por tribunales a una larga lista que abarca a parlamentarios de todas las bancadas. Pero, si no otorgan confianza, su situación personal es peor. 30 días después de disuelto el Congreso, se extingue la inmunidad y los congresistas no tienen antejuicio. Al acabarse la reelección los veremos frente a un fiscal más calatos que en sismo de madrugada. No son pocos, créanme. De ahí el espectáculo desesperado por “impedir la confianza” que estamos viendo, el que lamentablemente ha incluido al Presidente del Tribunal Constitucional. Están en una aterradora situación de perder/perder.

Jaque mate. Lo único que puede perder Vizcarra de inmediato es a su alfil Del Solar. Pero, para ganar la partida ese sacrificio resulta, a veces, indispensable.

Columna publicada el domingo 2 de junio del 2019 en el diario La República

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