Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

22 Abril, 2019

Sólo un hombre solo

“.. Enemigos tengo y de sobra y examigos tengo más. Lo terrible de nuestra patria es que un político que no tiene poder tiene enemigos ruidosos y amigos silenciosos”. Con estas palabras se despidió Alan García, horas antes de pegarse un tiro, de Carlos Villareal, periodista de RPP. Revelan su profunda soledad. No hay en ellas tristeza, sino amargura. No es lo mismo.

El mundo de un político dividido en tres: enemigos, examigos y amigos silenciosos. Un mundo no sólo hostil sino despoblado de afecto porque reconoce que en las dos últimas categorías hay más gente que en la primera. Un mundo que alberga a un hombre aislado. Su secretario afirmó que en los últimos meses no tuvo contacto con la lectura de medios de comunicación. Se informaba por la visita de sus abogados o sus compañeros de partido. A partir de ellos construyó una realidad en la que ya no quiso vivir más.

Cuando Alan García se disparó en la sien estaba solo. Esperaba una señal para su final y esta fue su orden de detención. Pocas personas de servicio acompañaron sus últimos días. Preparó con anticipación su pistola y su nota suicida. Un hombre que nunca se sobrepuso a sus derrotas, que jamás pidió perdón a sus numerosas víctimas, que nunca pudo soportar no ser el centro de la gloria sólo podía escribir una carta donde él por fin, fuera el único tema de atención. No hay en sus palabras finales un gesto de reconocimiento o un “gracias” para nadie. No hay un pedido de perdón por ninguna falta. Solo él y sus glorias. Él y su inocencia. Él y sus enemigos.

El suicidio es un problema grave de salud mental que no puede ser idealizado ni banalizado. Responde a muchos factores y deja siempre a los deudos, cargando sobre su legítima tristeza, un enorme ¿por qué? que jamás tendrá respuesta, ni siquiera en una nota de despedida. Pero a Alan García no lo mato la prensa, ni la persecución política, ni los funcionarios de Odebrecht, ni los gobiernos que le negaron asilo, ni las masas que lo abandonaron, ni sus compañeros, ni sus numerosas víctimas para las que nunca tuvo un ápice de compasión. Tampoco lo mataron sus despreciados enemigos, ni sus examigos, ni sus amigos silenciosos. Alan García se suicidó porque su orgullo exacerbado no encontró en esa soledad sentido alguno a una prisión que solo la aumentaría. Se mató porque sólo en él mismo reconocía la dignidad de ser su propio verdugo.

“No voy a permitir que me exhiban como un trofeo” dijo a su abogado horas antes de morir. Nunca entendió que, a esas alturas, no era trofeo alguno. Se había convertido en el símbolo de la impunidad por sus propias dotes de escapista. Si una inmensa mayoría de peruanos quería que se sometiera a la justicia era porque ese mismo pueblo le dio una generosa segunda oportunidad, luego de haber destruido el país con la peor hiperinflación de nuestra historia. ¿Qué hizo con ese premio inmerecido? ¿Volver a las andadas de su primer gobierno por el que jamás pudo ser juzgado gracias al exilio y la prescripción?

Pese a que la intención de García fue que no sepamos la verdad, la sabremos. Los procesos continúan contra los demás investigados de su entorno. Aun no hay ni acusaciones, ni condenas. El camino es largo y debe andarse con profesionalismo y rigor. No está exento de errores y estos deben ser criticados, pero ninguna narrativa heroica, ningún martirologio oportunista puede reemplazar a la justicia. La ley de extinción de dominio es un instrumento nuevo y útil para que el Estado incaute lo que tenga que incautar luego de un debido proceso sujeto a todas las garantías.

Cuando ese proceso termine, la historia lo juzgará.

Columna publicada el domingo 21 de abril del del 2019 en el diario La República

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