Rosa María Palacios

Un blog de política independiente

31 Marzo, 2019

El mito está vivo

Desde que Cristóbal Colón pisó América, un mito se apoderó de la imaginación de los europeos. En estas nuevas tierras habitaban unos “naturales” puros, ingenuos, bondadosos y llenos de candor a los que el contacto con sus colonizadores contagió no solo de terribles enfermedades desconocidas sino también les infectó el alma, para trastocar su naturaleza afable y llevarlos al mundo de la codicia y la maldad. El “mito del buen salvaje” ha sido, por siglos, desde teoría antropológica hasta tópico literario.

El mito sirve para justificar la existencia, sin que quepa duda en contrario, de una relación asimétrica e injusta entre seres que jamás serán iguales, ni siquiera cuando alcanzan evidente igualdad de condiciones y oportunidades. Así, el buen salvaje tiene que ser tutelado, protegido y hasta segregado contra su voluntad, para protegerlo del mal que, inevitablemente, sufrirá de su contacto con foráneos. Esto no es más que un mito desdeñado ya por la ciencia, pero en estos días, a raíz del conflicto pecuniario en el asiento minero Las Bambas, ha vuelto a tener asombrosa actualidad.

Lo que sucede hoy en Las Bambas es, desde un punto de vista comercial, bastante simple. Una carretera nacional pasa por un terreno privado. Este terreno de 1200 hectáreas, tiene una servidumbre de vía inscrita en Registros Públicos en su permuta a la comunidad de Fuerabamba.  El terreno es parte de una compensación de 5000 hectáreas, la construcción de 450 casas con todos sus servicios, habilitación urbana completa y millones en efectivo a cada miembro de la comunidad, a satisfacción de los nuevos propietarios que firmaron todas las escrituras públicas que contienen estos contratos en el 2011. Sin embargo, los actuales propietarios quieren más dinero por esa vía y lo exigen a la empresa minera. No corresponde pagar nada a la empresa porque el único que puede compensar por un mayor ancho de vía pública (a precio de tasación) sobre la servidumbre ya inscrita es el MTC, luego de elaborado el expediente técnico. Es decir, paga el Estado. No el privado que tenga los bolsillos más grandes.

La comunidad decidió realizar un acto de fuerza si la mina no le pagaba 500 millones de dólares por pasar a través de 12 kilómetros. Impide ya casi por 2 meses el paso del mineral que representa millones en regalías para la Región Apurímac. Solo el distrito de Chalhuahuacho recibió el 2018 más 160 millones de soles. El acto es, de acuerdo a la ley penal, delictivo (toma de vías y extorsión). Cabe añadir que los comuneros de Fuerabamba ya no son los 450 originales. Expulsaron a 120 por tener “aspiraciones empresariales”.  Es decir, por querer ser iguales ante la ley.

En un Estado de derecho el imperio de la ley somete a todos por igual porque de esa manera nuestra conducta es previsible o sancionable. Los contratos son ley entre las partes. El bien común prevalece sobre el bien individual. Instituciones que vienen del derecho romano como la servidumbre de paso, son respetadas, porque de otra forma no estaría garantizada la libertad de tránsito para ningún ciudadano.  Y, por supuesto, nadie toma por la fuerza lo ajeno sin temer una sanción.

Pero, cuando se impone sobre el Estado de derecho el mito del buen salvaje, nada de esto ocurre. Así, los comuneros de Fuerabamba no son ciudadanos porque no son iguales a los demás peruanos. Son víctimas perpetuas y por tanto necesitan tutela del Estado. Deben permanecer pobres y aislados, porque así no se “contamina” su naturaleza bondadosa y pacífica. Por tanto, es imposible que cometan un delito porque su carisma es puro. Siempre serán engañados y manipulados y sus decisiones libres, no lo son en realidad. Por ello no tienen obligación alguna de cumplir ni la ley, ni sus pactos. Inocentes sin importar los delitos, se les da el trato de inimputables.

¿Es esto justo para ellos mismos? Un país de iguales, por lo menos ante la ley, es el único camino de respeto a los derechos humanos universales. Pero el peor de los paternalismos goza de buena salud en estos días.

Columna publicada en el diario La República el domingo 30 de marzo del 2019

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